Nuestro mundo es hoy hipervisual; las imágenes circulan por doquier. Somos sus receptores permanentes tanto en espacios de tránsito como en espacios de permanencia. Sin embargo, todo parece indicar que no hay un balance entre su gran protagonismo en la sociedad y la atención que merece su estudio desde la investigación social. Pero vayamos por partes y veamos cuál es el panorama que presenta la investigación social en relación a los usos de las imágenes. Ante los vertiginosos cambios tecnológicos habidos en los últimos años en el medio audiovisual y electrónico, con la incorporación de las nuevas tecnologías, el lenguaje infográfico y la cibernética, el ámbito de la investigación ha empezado a revisar y plantearse nuevas tareas por desarrollar que le atañen directamente. La sociedad en general cada día lee menos y está más familiarizada con estas nuevas tecnologías y formas de expresión electrónicos y ahora ya digitales, lo que ha llevado en los últimos años a replantearse cuál es su papel en este proceso de transformación social y que por lo pronto ya se reconoce que debe verse reflejado tanto en la propia labor de investigación, como en la de docencia.

La investigación social permite estudiar una situación social para diagnosticar necesidades y problemas a los efectos de aplicar los conocimientos con finalidades prácticas. Sin embargo en la triada familia (Familia, Escuela y Comunidad), la familia juega un importante papel en este sentido, pero hay que ayudarla a tomar conciencia de ello. Los cambios de la sociedad actual deben encaminarla hacia una estructura participativa y de compromiso, de modo que cada uno de sus integrantes desempeñe su función, y tenga conciencia de su identidad individual como miembro de esa comunidad. ¿Cómo? Dentro un clima de comunicación se establecen pautas para la distribución y organización de tareas en función de las necesidades y posibilidades de cada miembro. En este contexto, la comunicación adquiere un valor esencial si desea educar para la vida comunitaria, y se convierte en la mejor manera de superar dificultades, conflictos, contrastes y contradicciones de la realidad cotidiana que surgen de la propia convivencia del hogar, y fuera de él.

La escuela se sitúa en el segundo espacio, de vital importancia, en la vida de los niños y niñas. Entre sus objetivos se encuentra: Fomentar la participación, cooperación y colaboración entre los alumnos. En consecuencia, la puesta en práctica de los valores comunitarios y democráticos que se proponen en la familia y la escuela, formarían parte de las experiencias y vivencias de los alumnos, desde los dos ámbitos en los que interactúa cada día, configurando su identidad y el concepto que de sí mismo van adquiriendo.

En una sociedad como la nuestra, la familia y la escuela han de tener claros sus papeles y fomentar la vida comunitaria, como fundamento de toda posterior experiencia social. La experiencia temprana en la familia de formas de comunicación basadas en el diálogo y el consenso sustentarán actitudes democráticas de participación, colaboración y cooperación. En consecuencia, este aprendizaje será reforzado en la escuela si pone en práctica actividades en las que los estudiantes trabajen en equipo, utilicen la negociación para resolver sus conflictos y pongan en práctica los valores de la vida comunitaria, en los que se han iniciado en el hogar.

En definitiva, es esencial que padres y profesores se pongan de acuerdo sobre cómo hacer efectiva la participación de la familia en la escuela, para que sus relaciones sean de ayuda mutua y hacer frente a los desafíos que les presenta este mundo en cambio, lo que va a repercutir de forma positiva en la educación de los niños y va dar coherencia a sus experiencias.

EDUARDO CAMACHO